Mi amigo Javier de Pisón, director de Dental Tribune Latinoamérica, me envía un artículo del National Geographic, de este mes de julio, firmado por Lear Worthington, titulado “Human used to have straihter teeth – what changed? ” En él se discute las causas del apiñamiento dentario actual, lo que técnicamente denominamos discrepancia óseo-dentaria o diferencia entre el contenido (la suma del tamaño mesiodistal de los dientes) y el continente (el hueso de soporte), desde el punto de vista evolutivo. Es el típico abordaje, bajo el prisma de la antropología física, la anatomía comparada y la paleopatología, que culpa a la dieta y una inespecífica pérdida de potencia masticatoria, del gasto que la humanidad actual ha de invertir en todo tipo de aparatos de ortodoncia y que supera, con mucho, el PIB de no pocos países, alcanzando en 2025 la nada despreciable cantidad de los 50.000 millones de dólares. Un ejemplo clásico de este tópico sería el artículo de Yousuke Kaifu y Hazutaka Kasai, del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Ciencias de Tokio y del Departamento de Ortodoncia de la Universidad de Nihon, respectivamente, titulado “Tooth Wear and the “Design” of the Human Dentition: A Perspective From Evolutionary Medicine”, de 2003.
Desde la Ortodoncia clínica que practico a diario sobre pacientes vivos, no cráneos desecados o fósiles, y gracias a mis incursiones en Antropología, durante mis estudios de Medicina, me gustaría dar un enfoque diferente al problema del apiñamiento, tratando de separar la ciencia del mito y la pseudociencia. Mi formación médica y odontológica suscribe las palabras atribuidas a Terencio, un dramaturgo romano del siglo II a.C. : «Homo sum, humani nihil a me alienum puto” (nada de lo humano me es ajeno) y por tanto cualquier problema que afecta a la humanidad, y el apiñamiento lo es, merece una reflexión desde las distintas facetas de la ciencia, la clínica y la filosofía.
Entre las causas del aumento del apiñamiento, y las consiguientes maloclusiones, se cita con mucha frecuencia la disincronía entre la reducción evolutiva de los maxilares y de los dientes, así como la dieta. Este debate no tendría importancia sin las astronómicas cifras económicas que maneja la especialidad dedicada a prevenir y tratar dichos problemas, la Ortodoncia y Ortopedia Dentofacial, donde solo el tratamiento con alineadores alcanzara en pocos años un gasto de 40.000 millones de dólares anuales. A pesar de ser catedrático de ortodoncia de una universidad pública desde hace más de treinta años y del amor que profeso a mi especialidad, he de reconocer que hoy la Ortodoncia es una ciencia sin científicos donde muchas clínicas, sin ningún conocimiento del tema, se han convertido en puntos de venta de alineadores; los más exitosos de estos ortodentistas plásticos son los que son buenos vendedores capaces de circunscribir su tratamiento a lo que quiere el paciente (el alineamiento de los dientes anteriores) y saben excusar muy bien sus pobres resultados; así de duro, así de claro.
Esta crisis de la Ortodoncia, que contrasta con su éxito económico y social, este vacío de ciencia, lo intentan rellenar muchos con pseudociencia y todo tipo de teorías disparatadas; parece como si nuestra especialidad fuera la miel que atrae a todo tipo de esotéricas moscas aquejadas de fantasías quijotescas o verdaderos trastornos límite de la personalidad. Es cierto que la gente no busca la certeza de la ciencia sino su propia verdad; le gustaría que la ciencia confirmara, apriorísticamente, sus ideas, hipótesis y teorías, por muy descabelladas que pudieran parecernos. El vacío, cuando no hay ciencia y certeza, se rellena con especulación y pseudociencia. Las más absurdas teorías se recubren con una aparente pátina de ciencia que queda reflejada desde el principio por sus altisonantes nombres: ortodoncia holística, ortodoncia teosófica, rehabilitación neurocientífica, etc.
Como he dicho, he tenido la fortuna de estudiar, además de odontología y ortodoncia, medicina y antropología, y dedico una parte de mi actividad intelectual al neuromarketing y la filosofía. Por eso me gustaría abordar este tema de la pseudociencia en Ortodoncia desde distintos ángulos, pero con el objetivo final de mostrar las imbricaciones e implicaciones mutuas de un problema como este desde campos tan diversos como la propia ortodoncia, la antropología, la historia y la filosofía. De verdad que no se trata de un ejercicio retórico o especulativo, y menos un divertimento literario, sino de comprender como los acontecimientos son el resultado de la concatenación de factores que suelen pasar desapercibidos incluso para los interesados.
No quiero herir sensibilidad alguna, pero cuando se trata de estudiar el crecimiento dentofacial normal o patológico poco tienen que decir los que no tienen una profunda formación en Ortodoncia acompañada de haber tratado cientos de pacientes; cualquier buen especialista con experiencia sabe a qué me estoy refiriendo. Es más, no debemos de creernos a pies juntillas a los antropólogos evolutivos por los escasos restos que manejan, estar centrados en los dientes y lo especulativo de sus conclusiones. Cuando uno ve cientos de bocas cada semana, algunas veces en clínicas separadas por miles de kilómetros, en lugares remotos y en poblaciones muy estables y cerradas, desde ciudad de México, Chiapas a Ulán Bator, y lo hace con las gafas bifocales de la ortodoncia y la antropología física, aparece un nuevo panorama que cuestiona muchas de las especulaciones de la investigación antropológica pura.
Desgraciadamente la Ortodoncia no tienen unas bases conceptuales y de investigación como correspondería a su influencia social y los ingresos que genera, y en eso podríamos situarla en el terreno de la cosmética, el maquillaje, las barras de labios o los rellenos de ácido hialurónico, y hoy más que nunca cuando una gran cantidad de clínicas ya no hacen ortodoncia de verdad, sino que son simples tiendas de ventas de alineadores. Pocas hipótesis o teorías sobre la asociación entre nuestros tratamientos y el crecimiento dentofacial han sido validadas, o no refutadas, si nos referimos a las ideas de filósofos de la ciencia como Karl Popper y su falsacionismo metodológico. Los profesionales más vehementes y especulativos, como el reciente desaparecido y llorado John Mew, un apasionado de la Ortodoncia, algunas veces han confundido los deseos clínicos con la objetividad del dato, el caso particular con la secuencia de casos analizados prospectiva y aleatoriamente, con un grupo control de referencia; la ciencia, es verdad, hay veces que desluce las conferencias, porque a la gente no le atrae, no le gusta, el como es, sino como debería ser: adoran estas ideas, porque creen, que con unos ejercicios de lengua o posturales o simplemente con una frenectomía lingual podemos cambiar la vida de nuestros pacientes; ojalá las cosas fueran tan simples.
A los doctores de insuficiente formación teórica no le gusta el método científico, por tedioso y poco imaginativo, y rechazan la complejidad de los verdaderos, y desconocidos, mecanismos fisiológicos del cuerpo humano, ya que para comprenderlos (por ejemplo las imbricaciones entre el Trigémino, la propiocepción oclusal y la dinámica de la ATM) hay que tener una excelente base conceptual y científica y haber estudiado mucho; es mejor ir a un curso de fin de semana donde se afirma, con rotundidad y sin vergüenza torera, pero sin una sola prueba científica, que con ejercicios linguales y posturales nuestros pacientes van a ser más altos, más guapos y más inteligentes o que observando la simetría o asimetría de los maxilares o la cara, uno puede, en franca competencia con las pitonisas de las ferias, adivinar de qué lado mastica el paciente. Cortar el frenillo lingual para algunos odontopediatras es como la circuncisión para los judíos, imprescindible para pertenecer al pueblo elegido de aquellos donde esta maniobra mejorará su calidad de vida espectacularmente. Paradójicamente estas ideas triunfan entre las madres y son una potente arma de marketing porque las redes están llenas de mentiras recubiertas con una pátina de pseudociencia. Detrás de todo ello se esconde, en realidad, una total desconfianza y desconocimiento del crecimiento natural y de la acción terapéutica del tiempo (ver sino la involución espontánea del Anillo de Waldeyer en la mejora de la permeabilidad de las VAS) y un deseo de captar la atención de los padres y, en definitiva, de quedarse con el paciente.
El referido artículo de Yousuke Kaifu y Kazutaka del Yearbook of Physical Anthopology (2003) es una referencia excelente para entender la gran diferencia entre la oclusión aceptable de nuestros ancestros o los denominados primitivos actuales, y sus mecanismos de compensación, y lo que los ortodoncistas hoy buscamos con nuestros aparatos ortopédicos, nuestros brackets y alambres, los alineadores o los microimplantes; nada que ver. R Begg y el grueso de la antropología postularon que la “Attritional Occlusion” , el marcado desgaste de las caras oclusales y superficies de contacto mesiodistales de los dientes, era un mecanismo evolutivo de compensación para prevenir la patología dental (caries, enfermedad periodontal, fracturas, etc.) o de la ATM y que la fuerza mesial (“Mesial Drift”) y la denominada erupción continua (“Continuous Eruption”) eran mecanismos para compensar esta beneficiosa “Attritional Occlusion”. De ser esto cierto, algunos postulados de distintas escuelas de Ortodoncia, desde el referido R Begg en Australia a P Planas en España, estarían en lo cierto cuando para tratar de resolver maloclusiones extraerían dientes el primero o impondría el desgaste, la eliminación de toda anatomía oclusal y la consiguiente oclusión bibalanceada el segundo. Mi opinión es otra y trataré de explicar por qué.
Para entender el problema de pseudociencia que nos ocupa, el origen del apiñamiento, debemos de empezar diferenciado el hueso basal de los maxilares, del alveolar. El primero, correspondiente a la clásica Base Apical de Lündstrom, está ligado a la herencia y es poco modificable por la función o causas externas y menos con nuestros aparatos de ortodoncia (sí con cirugía ortognática o procedimientos como la distracción osteogénica); el hueso alveolar es lo que nos permite hacer magia a los ortodoncistas y su definición, en libros y tratados, adolece de un tremendo error o, al menos, de una significativa carencia que confunde a los antropólogos (concepto de erupción continua y distancia con la línea amelo-cementaria) . En otros artículos de esta misma revista, ya he abordado este tema (ver) y el error consiste en circunscribir la definición de este hueso a aquel que forma los alveolos y rodea a los dientes; el hueso alveolar es mucho más, en especial en sentido vertical, y comprende todo el hueso formado por los dientes, también todo el situado entre el ápice y el hueso basal, si bien sigue íntimamente unido en su génesis, desarrollo vertical y reabsorción al diente.
El hueso alveolar tiene un papel clave en la compensación oclusal (en la denominada Homeostasis Oclusal de A Petrovic) de las discrepancias esqueléticas basales en los tres planos del espacio. Inclina, retroinclina o extruye los dientes, tratando de hacer eficiente la masticación en las marcadas discrepancias esqueléticas (en las Clases III importantes los pacientes presentan una compensación o camuflaje reflejado en la proinclinación de los incisivos superiores y la retroinclinación de los inferiores). Hoy podemos cerrar mordidas abiertas espectacularmente en pacientes adultos con microimplantes infracigomáticos gracias a la remodelación de este hueso alveolar que se extiende entre el ápice de molares y premolares y el hueso basal maxilar. Mal que le pese a algunos, el futuro de la ortopedia dentofacial pasa, indefectiblemente, por el uso de microimplantes en niños. Aquí otra confusión de los antropólogos: ante el desgaste dental se producen dos fenómenos simultáneos, la extrusión del diente por aposición de hueso alveolar entre el ápice dentario y el hueso basal y la rotación anterior de la mandíbula (rotación alrededor del eje de bisagra terminal), la acción opuesta de uno u otro mecanismo, quién gana esta batalla, determinará la pérdida de dimensión vertical del paciente.
El hueso alveolar se deja remodelar dócilmente con el movimiento dentario y por ello la eficiencia biomecánica de nuestros aparatos, y el tipo de fuerza aplicada, en intensidad, dirección y ritmo de activación, es clave en la génesis del nuevo hueso (ya EH Angle, hace más de un siglo hablaba de “Bone Growing Appliance”). La parte científica del problema, que no es tan simple, consiste en delimitar en cada paciente, y gracias al CBCT/TAC, los límites del hueso fácilmente remodelable, más epigenético, del basal, solo modificable con la fractura de la sutura palatina media (Disyunción Rápida Maxilar / MARPE) o con cirugía ortognática. Esperemos mucho del hueso alveolar y poco del basal; el hueso alveolar es del ortodoncista y el basal del cirujano maxilofacial.
Como médico, siempre he defendido las posibilidades terapéuticas de nuestra especialidad, más allá de las puramente odontológicas. No es casualidad que EH Angle, el creador de la ortodoncia moderna fuera médico y apuntara a la genética y la función (respiración, masticación, etc.) como causas etiopatogenicas de las maloclusiones. Pero hay un capítulo no muy conocido, y menos valorado, de la influencia que ejercieron ciertas teorías filosóficas sobre las ideas de precursores como el mencionado Angle, Federico Noyes, R Begg o, entre nosotros, Pedro Planas; son ideas que han alargado su sombra pseudocientífica hacia las referidas escuelas actuales funcionales del quiero y no sé si puedo. La medicina finisecular, a falta de verdadera ciencia, se perdía en especulaciones pseudofilosóficas, pero muy brillantemente argumentadas, no por la veracidad de sus enunciados y sus conclusiones científicas, sino por la calidad y magnificencia de su prosa; pensemos en las obras, más literarias que científicas, de Sigmund Freud o Gregorio Marañón.
La disincronía en la heredabilidad y su poligenismo hace que existan maloclusiones y apiñamiento. Este puede ser debido a un hueso basal insuficiente para albergar los dientes (déficit de continente) o un tamaño excesivo dentario (exceso de contenido). En la época de EH Angle predominaba en la medicina la idea de la perfectibilidad del hombre, procedente, a su vez, de dos fuentes: el Mito del Buen Salvaje de JJ Rousseau (el hombre es bueno por naturaleza y es la civilización, con su ambición, competencia y deseo de poseer, lo que lo hace malo) e ideas teológicas en el mismo sentido (“…es el Creador el que ha puesto en la boca de los humanos 32 dientes para estar en perfecta oclusión” apuntaba EH Angle).
Ambas ideas, que hoy parecerían muy ecológicas o de la New Age, influenciadas por la revolución industrial y la sensación de progreso tecnológico de finales del XIX (pensemos en la Exposición Universal de Paris de 1889) consideraban al apiñamiento un problema de la civilización, en un concepto más filosófico que científico, producto de la evolución (involución asincrónica de los maxilares frente a los dientes) y de todo lo malo que acompaña al hombre civilizado, cada vez más alejado de la naturaleza, lo que se traduciría en la falta de una masticación vigorosa que, inespecíficamente, favorecería el desarrollo de los maxilares. Unos, con R Begg a la cabeza, influido por los estudios en primitivos actuales, los aborígenes australianos, recomendaban casi siempre la extracción de cuatro premolares (entre nosotros el Dr Alberto Cervera) abriendo la senda de lo que WR Proffit llamó la época del “Gran Sacrificio de los Premolares” y que siguieron Ch Tweed, C Steiner, Strang o R Roth; otros optaron por las teorías filosóficas, que no clínicas, opuestas y recomendaban en todos los casos tratamientos muy tempranos (para que la civilización no hiciera de las suyas, los famosos niños-turmix) combinando la expansión temprana con distintos aparatos con una masticación frecuente y vigorosa (hay que recordar que la aparición de las batidoras en la época de los baby boomers, de los años 50 y 60, alentaron mucho este tipo de teorías).
Resulta curioso pensar como las mismas teorías que alentaban el control de la respiración y la lengua, la expansión y la masticación enérgica, la teoría del buen salvaje Roussoniana, que ya venía de lejos, fuera la misma que impulso a la reina Isabel a tener una actitud condescendiente con los indios de los territorios recién descubiertos por Colón y conquistados por Cortes y Pizarro, entre otros (al considerarlos hijos de Dios y súbditos de la Corona de Castilla). De hecho, habría que atribuir a Bartolomé de las Casas, en la famosa controversia de Valladolid, con Juan Ginés de Sepúlveda, ser el verdadero precursor del mito del Buen Salvaje. Aún hoy esta teoría de que todo lo natural es bueno y todo lo artificial es malo, permanece muy arraigada en el inconsciente colectivo de una gran masa que empiezan el día, después de una noche de ejercicios tántricos, con una sesión matinal de Yoga, leche sin lactosa, yogurt de quinua, alforfón o alpiste y el purificador ayuno intermitente. ¡Y nos extrañamos que se defiendan las teorías más extrañas en Ortodoncia!
Por eso el enfoque socio y filosófico de los problemas es tan importante y demuestra que, consciente o inconscientemente, nos relacionamos y agrupamos con los de nuestro marco vital de referencia; defender en ortodoncia su enfoque holístico, teosófico, postural, naturista o esotérico y oponerse a los enfoques tradicionalistas, más próximos a la ciencia, es encuadrase en una manera de pensar y un modo de vivir que excede el ámbito de nuestra especialidad y, en mi opinión, más que una excentricidad, una tendencia a vivir en las áreas centrífugas de la sociedad, supone una rebeldía contra la falta de fantasía de la ciencia y la cotidianidad; de aquí la tendencia al desarrollo de un pensamiento mágico en los afines a estos grupos, en una especie de alquimia ortodóncica, donde la piedra filosofal serian determinadas ideas y ejercicios funcionales capaces de transmutar la desproporción por el balance estético, la fealdad por la belleza facial.
En ocasiones la profesión organizada o el ámbito científico de la Ortodoncia reacciona contra estas visiones clínicas, que no pruebas, especialmente cuando estas hipótesis y teorías, sin ningún fundamento, se difunden al gran público por las redes o tabloides, divorciando o apartando a estos grupos de los de la profesión seria y organizada, por oponerse a los paradigmas que unen a nuestra comunidad científica. No se trata, como diría T Kuhn de un cambio de paradigma, de una revolución científica en evolución, sino de ideas inconexas, cogidas por alfileres y sin ninguna validación científica. Cuando hablamos de fake-news en el terreno de la salud, estamos caminando sobre terreno minado y poniendo en riesgo a nuestros congéneres; es importante en estos casos saber quién lo dice, su autoridad científica y clínica, y por qué lo dice.
Como vemos el mito Roussoniano ha impregnado las ideas y teorías de los padres de la Ortodoncia, y lo sigue haciendo. Es cierto que en la evolución humana la reducción del número y tamaño dentario (actual agenesia de los terceros molares, segundos premolares e incisivos laterales) es mucho más lenta que la de los huesos maxilares, más plásticos y dependientes de la acción muscular como ya había demostrado el anatomista alemán J Wolf hace más de un siglo; pero aquí habría que diferenciar entre el hueso alveolar, cuyo metabolismo está íntimamente ligado a los dientes y regido por factores epigenéticos, y el basal, menos susceptible a las fuerzas ortodóncicas. Decir que nunca hace falta hacer extracciones, si hacemos expansión precoz, o que la mayoría de maloclusiones esqueléticas se pueden prevenir o tratar con nuestros aparatos es una tontería tan grande como las extracciones indiscriminadas de premolares y molares del juicio que he visto hacer en muchas clínicas hace años.
Esta idea absurda y trasnochada de considerar a la maloclusión/apiñamiento como una verdadera enfermedad de la civilización, en palabras del antropólogo SR Corruccini, tiene mucho más del mito referido que de realidad clínica. Es cierto que el desarrollo de la civilización disminuye los esfuerzos masticatorios, pasando del cazador-recolector a la aparición de la agricultura, y alcanza hoy su punto más bajo por la introducción generalizada de la dieta blanda. De hecho, el apiñamiento disminuye por factores dependientes del desgaste interproximal (fuerza mesial) y oclusal de los dientes. Por motivos que desconozco muchos de los referidos antropólogos (Beg, Kesling, SR Corruccini, EJ Neiburger, Y Kaifu, S Peck, H Peck, JC Rose, Kanazawa y Kasai etc.) achacan a esta falta de desgaste todos los actuales problemas dentales (caries, enfermedad periodontal, fracturas, problemas de ATM, etc.) sin olvidar que hoy una dentición desgastada y abrasionada es una dentición patológica o, al menos, no es un objetivo de la odontología u ortodoncia actual.
Además, los problemas de apiñamiento son muy distintos en grupos étnicos asiáticos que africanos y, por ejemplo, la llamada “mandíbula Habsburgo” que acompañó a esta dinastía y a los Borbones españoles hasta la Infanta Elena, demuestra la heredabilidad de las maloclusiones. En un estudio realizado en la Universidad de Santiago de Compostela (R Vilas y colaboradores, 2019) se cuantificó el grado de prognatismo mandibular MP y deficiencia maxilar (DM) de 15 miembros de la dinastía de los Habsburgo mediante el análisis clínico de 18 rasgos dismórficos diagnosticados a partir de 66 retratos. Se observó una correlación estadísticamente significativa (r = 0,711, p = 0,003) entre MP y DM entre los individuos. Solo la MP mostró una regresión positiva estadísticamente significativa en F, como lo evidencia el análisis univariante (b = 6,36 ± 3,34, p = 0,040) y el análisis multivariante (ACP) realizado a partir de rasgos dismórficos individuales (b = 14,10 ± 6,62, p = 0,027, para el primer PC). Así que tanto la MP como la DM están generalmente implicadas en la «mandíbula de Habsburgo«. Los resultados mostraron una mayor sensibilidad a la endogamia en el tercio inferior de la cara y sugieren una asociación positiva entre la «mandíbula de Habsburgo» y la homocigocidad, y por lo tanto, un patrón de herencia básicamente recesivo.
El primer tirón de orejas que debe hacerse a teorías neurooclusales caducas, basadas indirectamente en este mito, es que nuestros pacientes desean tener, incluso en edades avanzadas, sus dientes íntegros y con una estética adecuada tanto en sus caras vestibulares como oclusales, si bien la oclusión bibalanceada es asumible en dentición temporal (para evitar prematuridades o interferencias que alteren el desarrollo de la ATM) y en prótesis completas o implantosoportadas (por la inestabilidad y sin sentido que produciría una guía canina y anterior marcadas). Si asumimos como normal este progresivo desgaste, nos podemos preguntar el por qué y para qué de la anatomía oclusal de cúspides, fosas y crestas marginales; no tiene sentido. Todos hemos tenido en la clínica a un camionero de vida estresada y contrarreloj, braquifacial, mandíbula y músculos de la masticación muy potentes, con regurgitación ácida por malas digestiones y una gran atricción/abrasión en sus dientes, cuya dieta en nada la justifica. ¿Qué dirían los antropólogos si encontraran sus restos?
Sin duda las maloclusiones han aumentado por las mezclas de las distintas poblaciones, antes denominadas erróneamente razas o etnias, y la herencia poligénica independiente de dientes, huesos y músculos maxilares y también por factores como las alergias y otros factores que comprometen la permeabilidad de las vías aéreas superiores y producen cambios en la posición de la lengua y el pasillo o corredor muscular de Tomes, que acaban repercutiendo en el crecimiento del maxilar y la mandíbula. Este creo que es un punto crucial: la compresión maxilar altera el desarrollo vertical dentoalveolar y la mandíbula se adapta dócilmente a este cambio haciendo lo que mejor sabe, rotando alrededor de su eje de bisagra terminal (EBT) y alterando su crecimiento y el desarrollo facial. Lo complicado es saber qué podemos hacer o no con nuestros aparatos y no confundir, como hacen los referidos pseudocientíficos de la Ortodoncia, deseo con realidad, anhelos, basados en mediocres fotografías inconexas, con datos bioestadísticos.
Cuando yo no sé que hacer con una pesada-hipocondríaca-melancólica- paciente aquejada de ATM, de las que se agrupan alrededor de síntomas, que no signos, de lengua ardiente, fibromialgia o COVID persistente, la envío al fisioterapeuta, al kinesiólogo, el acupunturista, el experto en terapia Reiki, a clases de yoga o pilates, pero eso no quiere decir que confíe en las bondades científicas de las mismas, lo hago por otros motivos. La consulta privada, y la ortodoncia lo es en el 99% de los casos, se rige, desgraciadamente, por otros estándares con un fuerte componente crematístico en la relación médico-paciente. La captación del paciente y la venta del tratamiento es el primer paso del éxito terapéutico y aquí es donde hay que encuadrar a esta ortopedia precoz, casi perinatal; si propones tratamientos tempranos, te quedas con los pacientes desde el principio, ya no van a llegar a otro especialista que crea que los tratamientos han de ser realizados, por eficiencia, más tarde; si a esto sumas una venta agresiva, recalcando los prejuicios para la salud de ese hijo, en caso de no empezar ahora mismo el tratamiento, se entenderá el exitoso resultado de este tipo de marketing. Los seguidores de estas técnicas suelen no solo creerse lo que dicen, aunque no existan pruebas científicas, sino que parecen pertenecer a una secta donde solo hay una verdad, la del líder ascendido a los cielos, y el resto son herejes deudos de excomunión. Yo estoy dispuesto a cambiar, a aceptar estas verdades místicas, si me dejan meter mis dedos en la herida del costado (es decir, en las evidencias científicas bien documentadas).
En resumen, el problema del apiñamiento actual es multifactorial y su resolución ortodóncica depende de su etiología; cuando esta es por un déficit del continente, el hueso, hay que distinguir, mediante la radiología 3D (TAC o CBCT), si afecta al hueso basal o alveolar (dependiente directamente de los dientes); resulta indiscutible el efecto de la disyunción rápida en niños y adultos jóvenes (MARPE) a nivel del maxilar (ganancia de la longitud de arcada), pero no ocurre lo mismo en la mandíbula, con quien ha de coordinarse. Cuando el problema es el tamaño dentario, macrodoncia relativa y apiñamiento primario, sin déficit de continente, hay que recurrir a las extracciones o el desgaste interproximal (DIP).
No hay evidencias científicas, ni muchas ni pocas, sobre las ventajas de los tratamientos muy precoces de expansión y de terapéuticas miofuncionales (ejercicios linguales o posturales) totalmente especulativas, que pueden generar falsas esperanzas y consumir la ya escasa colaboración de los pacientes, y la economía de los padres, para posteriores tratamientos verdaderamente eficientes en dentición mixta. Los artículos de antropología sobre el tema, la disminución evolutiva de la fuerza muscular masticatoria y la abrasión o desgaste dentario oclusal e interproximal, se han extrapolado a la historia de la ortodoncia bajo la sombra del mito del buen salvaje Roussoniano, justificando filosofías y enfoques terapéuticos sin evidencias científicas, pero del gusto de un determinado grupo profesional proclive al pensamiento mágico, que confunde el deseo con la realidad de la bioestadística. La idea de que la oclusión del adulto, ya no digamos en la eufemística tercera edad, incluye el desgaste/atricción y la oclusión bibalanceada puede considerarse adecuada si hay una buena capacidad de compensación y el paciente no presenta síntomas o signos de disfunción, pero no puede considerarse ideal ni un objetivo en caso de rehabilitación con ortodoncia u otros procedimientos protésicos; la oclusión ideal en ortodoncia es otra cosa.
Cuando el que hace una afirmación categórica sobre un tema tan crucial como la salud es un pretendido especialista, o la gente lo toma como tal por su aparición en los medios de comunicación de masas, ha de saber el mal que está haciendo si lo que defiende es falso; no en vano Mark Twain afirmaba que históricamente la religión se inicia cuando el primer caradura se encuentra con el primer crédulo, y sino que se lo pregunten al antropólogo cultural estadounidense Marvin Harris y el Fenómeno del Cargo Fantasma.

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